Hoy ganan elecciones quienes no tienen la mejor preparación, pero sí el mejor relato emocional. El problema aparece después. Cuando la frase fuerte ya no alcanza y el Estado exige algo incómodo: conocimiento, prudencia, equipo, método. Gobernar no es denunciar; es decidir. No es señalar; es asumir costos.
Por Edgar Rendón Ríos
No vivimos en una sociedad mala, ni necesariamente ignorante. Vivimos en una sociedad cansada. Cansada de promesas incumplidas, de políticos que hablan difícil y gobiernan poco, de instituciones que parecen lejanas y sordas. Desde ese cansancio nace algo comprensible -aunque peligroso-: la necesidad de creer en cualquiera que suene distinto.
Por eso no sorprende que hoy ganen elecciones quienes no tienen la mejor preparación, pero sí el mejor relato emocional. No llegan al poder porque sean los más capaces, sino porque conectan con un hartazgo real. El problema no es solo que los elijamos; es que luego les pedimos que gobiernen como si la improvisación fuera una virtud.
Aquí la sátira se vuelve humana. Porque detrás del voto no hay estupidez, hay frustración. Y detrás del gobernante incapaz no siempre hay maldad, sino límites evidentes que el cargo termina exhibiendo sin piedad.
El vicepresidente Edman Lara no es un villano de caricatura. Es más bien el reflejo de una época. Un hombre que llega al poder empujado por la indignación ciudadana, por el rechazo a la política tradicional y por una narrativa de "yo soy como ustedes". Y eso, en una sociedad herida, tiene un peso enorme.
El problema aparece después. Cuando el símbolo debe transformarse en gestión. Cuando la frase fuerte ya no alcanza y el Estado exige algo incómodo: conocimiento, prudencia, equipo, método. Gobernar no es denunciar; es decidir. No es señalar; es asumir costos. Y ahí, la realidad deja de ser un escenario y se convierte en una responsabilidad pesada.
Muchos celebran que un vicepresidente critique a su propio gobierno, como si eso fuera sinónimo de valentía. Tal vez lo sea. Pero también puede ser señal de algo más simple y más humano: no saber cómo resolver lo que se prometió cambiar. Criticar es más fácil que construir, sobre todo cuando construir requiere habilidades que no se adquirieron antes de llegar al cargo.
Y aquí debemos detenernos un momento. Porque sería injusto cargar toda la culpa sobre una sola persona. Edman Lara es consecuencia, no causa. Consecuencia de una sociedad que desconfía de los expertos, que confunde sencillez con simplismo y honestidad con ausencia de preparación. Una sociedad que quiere sentirse escuchada, incluso si eso significa ser mal gobernada.
Nos duele admitirlo, pero muchas veces preferimos a quien nos entiende antes que a quien sabe. Preferimos el gesto al resultado. El "al menos es sincero" al "al menos funciona". Y cuando el país empieza a fallar, buscamos culpables externos para no mirarnos al espejo.
Humanizar esta historia no es justificar la incapacidad, sino comprenderla. Comprender que la democracia no se daña solo desde arriba, sino también desde abajo, cuando dejamos de exigir y empezamos solo a sentir. Cuando votamos con el corazón herido y luego reclamamos con la razón intacta.
Una sociedad sana no es la que nunca se equivoca al elegir, sino la que aprende rápido y corrige. Que entiende que la empatía no reemplaza a la competencia y que la cercanía no sustituye a la preparación. Que gobernar un país no es un acto de buena voluntad, sino un ejercicio complejo que requiere algo más que valentía y micrófono.
Tal vez el verdadero desafío no sea cambiar de líderes, sino madurar como ciudadanos. Porque mientras sigamos buscando alivio emocional en la política, seguiremos sorprendidos cuando ese alivio no se convierta en bienestar real.
Y eso, más que una crítica, es una invitación. A pensar, a exigir y a recordar que votar también es una forma de gobernar.
Edgar Rendón Ríos, es exdiputado por el departamento de Tarija.