El análisis político se ha convertido en un ejercicio de sesgo sistemático que compromete la calidad de la información que recibe el ciudadano.
Nada les parece bien. Malo su candidato, malo su mensaje, malo su spot, mala su sigla, malo porque es dinosaurio, malo porque es pelau y nadie lo conoce. Y puedo seguir todo el día.
Los opinologos están de moda y al igual que la mayoría de los medios tradicionales asumen una línea crítica que se dedica a mostrar sólo lo malo de los candidatos de oposición.
Entiendo bien el pluralismo y la neutralidad que intentan demostrar. Pero pregunto, ¿No hay nada bueno en los candidatos de oposición y sus propuestas, que valgan la pena detenerse a analizar en profundidad? ¿Resaltar lo bueno, los hará imparciales? ¿Entienden mi punto?
Y quisiera estar equivocado, pero muchos de éstos analistas asumen la línea que el medio tradicional les pide, o sea, la crítica dura, la controversia, caldos de cultivo para incentivar los comentarios de odio en las redes sociales.
En el aula siempre les digo a mis estudiantes de Comunicación que el periodismo no es solo para denunciar lo malo. El periodismo también puede narrar historias positivas, resaltar el lado bueno de las cosas, análisis profundos, que edifiquen. Buenas noticias también hay, pero no tienen el mismo espacio y tiempo que los temas neurálgicos. Medios tradicionales y algunos analistas políticos se acostumbraron a buscar el pelo en la leche. Y ahí se quedaron.
Los analistas políticos bolivianos ejercen una influencia determinante en la construcción de la realidad política ciudadana. Sin embargo, la tendencia notoria de concentrarse exclusivamente en criticar las propuestas, omitiendo aspectos técnicamente válidos, representa una distorsión del debate democrático que desgasta el pluralismo.
El análisis político se ha convertido en un ejercicio de sesgo sistemático que compromete la calidad de la información que recibe el ciudadano.
Bolivia ha desarrollado una tradición política de enfrentamiento que se traslada al ámbito mediático, donde los programas de TV o algunos podcast en redes sociales se estructuran como espacios de debates que privilegian el show y la crítica despiadada, sobre la sustancia.
La cobertura de propuestas de algunos candidatos, como sus planes de estabilización económica, reciben análisis que se concentran sistemáticamente en los riesgos, omitiendo evaluaciones técnicas sobre viabilidad o innovación de las mismas.
No he leído ni escuchado por ejemplo, ningún análisis profundo sobre la propuesta de digitalización de la Alianza Libre y de cómo ésta haría más transparentes las sesiones del congreso o evitaría las innumerables e inhumanas filas de personas por algún trámite o servicio público.
El sesgo sistemático en el análisis político boliviano representa todavía un desafío fundamental para la calidad democrática. Mientras sigan buscando el pelo en la leche, los medios tradicionales y algunos opinologos seguirán desorientando a la población. Y eso, también es desinformación.